¿Quién no conoce a Osamu Tezuka? Considerado como “el dios del manga”, fue
el creador de diversas historias muy conocidas, tales como Astroboy, La
princesa caballero, “Kimba, el león blanco”, etc. Otra historia que creó en
manga fue la de Metropolis, en 1949.
Largos años después, Rintaro, un director de historias anime que ya previamente
había dado vida a los personajes de Osamu Tezuka, plasmó con una gran calidad
de animación la historia de Metropolis. La película fue estrenada en 2001 y
llegó a España doblada en 2002. En la parte trasera de la caja de DVD se puede
leer lo siguiente:
“Basada en el mítico cómic creado por
Osamu Tezuka (Atro Boy), escrita por el legendario Katsuhiro Otomo (Akira) y
dirigida por Rintaro (Galaxy Express 999), ¡prepárate para esta experiencia
totalmente nueva en animación!
Metrópolis es una ciudad del
futuro altamente industrializada. Su líder más poderoso, Duke Red, prepara
presentar al mundo a Tima, un robot de última generación. Su hijo, un joven
violento llamado Rock, es enemigo de los robots y quiere encontrar a Tima para
destruirlo.
Mientras tanto, en el
intrincado laberinto que hay debajo de Metrópolis, una ciudad que consta de
tres niveles donde se desarrollan vidas paralelas, Tima ha trabado una
entrañable amistad con un amigo muy especial.
Con sus artimañas, Duke Red
pondrá en peligro la vida de Tima y la estabilidad del planeta.”
¿Llegarán los robots a tener una inteligencia artificial que puedan llegar
a dominarnos o llegar a luchar contra nosotros? En las historias de ciencia
ficción, casi siempre, se incluyen varias normas básicas, elaboradas por el
escritor Isaac Asimov, que los robots tienen que integrar en su sistema:
Primera ley: un robot no hará daño a un ser humano ni permitirá que un
humano sea dañado.
Segunda ley: un robot debe cumplir las órdenes de los humanos, salvo si
vulnera la primera ley.
Tercera ley: un robot debe proteger su propia existencia, salvo si vulnera
la primera o la segunda ley.
En la historia de Metropolis, los robots también tienen unas leyes
similares. Cumplen las órdenes de los humanos y no dañan los humanos. El
problema es que los robots han sigo delegados a ciertos puestos. Si se salen de
lo pactado, son destruidos. Duke Red está por conseguir el mejor robot mejor
creado, que tendrá el aspecto de su hija fallecida. Tima se llamará y su misión
es sentarse en el trono del zigurat para gobernar a la humanidad y tener el
control de todo, que es lo que desea Duke Red. Rock, su hijo adoptivo, está en
contra de ello porque piensa que el único en sentarse en ese trono es su padre,
a quien adora. Por ello, mata al científico a espaldas de su padre. Pero el creador
de Tima había dejado un regalito antes de morir: una configuración interna de
destrucción.
La película en sí es curiosa. Evoca recuerdos de épocas pasadas, pues el
estilo de dibujo es muy de Osamu Tezuka, con personajes con caras similares a
otras historias antiguas. La historia tiene un final trágico, pero feliz. El
porqué es simple: las máquinas son máquinas. A diferencia de los seres humanos,
si una máquina es destruida, pero su máquina central, con los recuerdos, se
mantiene, se puede volver a reconstruir y volver a encender. Así de simple. De
ahí que haya un final trágico, cuando Tima debe ser destruida para no destruir
a los seres humanos, pero quedando la parte buena de Tima gracias a un amigo
humano que hace por el camino. Este amigo se queda con la máquina central de
Tima y podrá volver a reconstruirla, pero sin esa parte malévola.
Simplemente, una película que hay que ver al menos una vez en la vida. Una
historia que viene una historia bastante antigua, de la que ya existía una
película muy antigua, de 1927. Osamu Tezuka cogió la idea de esta historia y
luego Rintaro la pasó a una maravillosa película.
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